Redes azules en las que hundirse, o no.

Ayer una flecha me hizo recordar una frase que dejé suelta hace unos años en un cuadernito ajado, y que decía algo acerca de quién, de cómo, borraría del espacio virtual a alguien que ha desaparecido para siempre del espacio gravitacional. Lo escribía pensando precisamente en esa red azul, intangible más allá de la pantalla del ordenador, que a tantas nos atrapa, a veces parece incluso que en contra de nuestra voluntad.

Y ayer fue la otra red azul, la real, la que se toca, se huele, se saborea, se siente sobre la piel, la que atrapó a Àlex, contra su voluntad; él, además, la respiró.

Sin haber hablado nunca contigo, Àlex, pero habiendo hablado tanto de ti, el dolor que me produjo la flecha (a mí, que soy invisible a las flechas) fue intenso. Y más aún sabiendo lo que te han apreciado tantas personas a quien tanto aprecio. Aprecio indirecto, ya ves, que se hunde en el mar.

Ayer me emocioné leyendo cómo te había atrapado la red azul, pero también leyendo cómo la otra red azul te mantiene aquí. Ahora ya no me pregunto quién y cómo nos borrará de esa red virtual cuando muramos; ahora no encuentro tanto sentido a hacerla desaparecer. Sirve para el recuerdo de la buena gente. Si pudieras echar un último vistazo a tu ‘muro’, y comprobar cómo tus amigos y amigas siguen hablándote en presente, cómo te han querido, y te quieren, te quedarías. Cuesta creer lo que ha ocurrido, y mirando tu ‘muro’ es como si se te esperara de vuelta en algún momento. Ahí quedará, por siempre, un homenaje a alguien bueno.

No es cierto que sólo se vayan los buenos. Es que sólo los buenos dejan un hueco.

Esto no es lo que quería

Esto no es lo que quería.

Los fuegos, fríos

en origen, insaciables

de savia bruta de encina,

se enganchan a la tramontana

para atravesar

dehesas de suspiros.

 

Esto no es lo que quería.

La espuma de las olas,

transformada en esferas

luminosas sobre la cama

grita una historia cubierta

de sal.

Historia acabada sólo

en un lado, aleteando

sin querer morir

en el otro.

 

Esto no es lo que quería.

Ojos oscuros que,

vigilantes,

rocían las tardes

de recelos -de garañón-

que no sofocan,

sino alientan,

los fuegos

insaciables

de savia bruta, y de espuma.

 

Esto no es lo que quería.

Pero ahora ya no espero

que tu mano se acerque

a mi pecho bajo

la, esfera, espuma. Ahora

anhelo cualquier mano

que se acerque y me convenza

de que aún existo

en estos fuegos.

 

Esto no es lo que quería.

Mentirme.

Despertar cada mañana

para decirme

que no estoy solo.

Que aún conservo

mi razón, mi puño

y mis peces.

Mentirme.

Sólo me quedan

mis heces,

mi sudor y mi desazón.

 

Esto no es lo que quería.

Lo que quería

era encontrar un dios

que me lo explicara. Pero

eso fue después;

primero quería

olvidar a la camena que

no creía en dios. Pero

eso fue después;

primero quería

atrapar a Melpómene que

me miraba

como si yo ya no fuese

Dioniso. Y yo

lo era. Lo soy. Pero

eso fue después;

primero quería ser

sólo, solo, Dioniso,

sin ninfa. Sin linfa.

Sin savia que alimentar

los fuegos. Pero

eso fue despúes;

primero de todo

eso es lo que quería.

Perfect sense

Creo que alejarme de la ciudad y el formol y sumergirme en el mar y el campo me están devolviendo el sentido del olfato. Supongo que debo alegrarme, pero es que a veces siento que estoy en realidad sufriendo el mismo proceso que los personajes de la película ‘Perfect sense’, pero a la inversa.

 

Mi libertad no existe sin la tuya.

Cuando empecé a arrojar palabras sobre el teclado para rellenar esta bitácora, hace más de 7 años, elegí un título que puede hacer pensar en compromiso social y político. El contenido que ha ido apareciendo siempre ha sido, sin embargo, más romántico que revolucionario (aunque nunca he visto clara la barrera entre uno y otro concepto).

Y hoy he sentido definitivamente la verdadero razón de porqué le puse aquel nombre.

Volvía en bici de Llançà, ya anochecía y casi no tenía luz. Bajaba todolo rápido que podía mirando de reojo cómo los últimos rayos se arrastraban sobre el mar. La tramontana quería salir de sujaula después de unosdías encerrada. Y me sentía libre. Pero vacío.

Quién querría la libertad si no puede compartirla. Es decir, que si hay dependencia de algo o alguien para disfrutar de la libertad, no hay libertad.

Esto hace que tengo que reformular por completo una de mis ideas. Algo sobre el egoísmo y el amor.

Tengo libertad sin ser libre. Te doy mi libertad para poder ser libre.

“La penyora en ofrena”

Las gotas dan palmas. Pero no me río, sólo me dejo llevar por la tristeza de la percusión del cielo.

Estamos en otoño, otra vez, el 3 de junio.

Nos hacemos viejos, y unos requieren premura para dejar vivir, mientras piensan que otros sólo la tiene por vivir.

Pero vivir y dejar vivir son el mismo camino. Con o sin prisa, se vive para dejar vivir. Y yo creo estar dispuesto a hacerlo.

Ahora me voy, pero si me dejas dejar vivir contigo, voy a volver. Porque volver sólo tiene sentido si vuelvo a ti, a vivir juntos y dejar vivir juntos.

Y la naturaleza, que guía mi ánimo a través del cristal, improvisa este mensaje desde el otro lado de Imagen

la bahía. Me manda una señal de esperanza. Por eso tengo que dejar de escribir y salir corriendo hacia la puerta de luz.

Llegada a Corea del Sur. Humanos vs bonobos.

Nueve horas más de avión en las que tampoco he dormido. Y ya son 2 días completos.

Corea, al contrario que los EAU, es lluvia. Y niebla. En el viaje que hago en tren del aeropuerto internacional de Incheon al centro de Seúl, y más tarde en el tren de Seúl a Yeosu, donde se celebra la Expo2012, todo lo que veo es lluvia. Y niebla. De hecho, por lo que puedo interpretar en las imágenes de las pantallas de televisión del primer tren,han habido inundaciones recientemente en Corea, a pesar de que la época de lluvias es julio.

 

En el metro me fijo, como ocurría en Taipei, que mucha gente va entretenida con sus teléfonos móviles. Allí todas llevaban HTC, y aquí todas llevan Samsung. Son aparatos enormes, que apenas pueden abarcar con sus manitas. Deben de ser modelos que, o bien no han llegado a Europa, o no me he fijado lo bastante. Por lo demás, el metro me parece algo desorganizado en comparación con otros igual de modernos, y no veo nada especial que destacar. Eso sí, las maneras de la gente me recuerdan más a las de China que a las de Taiwan, al menos en lo que respecta a las colas del metro, pues tampoco he experimentado nada más aún. Aunque en las taquillas y puestos de información muestran un mejor dominio del inglés, su disposición a ayudar más allá de su labor definida tampoco me ha parecido extraordinaria cuando he canjeado el billete de tren a Yeosu (que compré por internet en la web de Korail, el Renfe coreano) en la estación centrar de Seúl y he preguntado cómo llegar hasta la estación de salida de mi tren. A pesar de todo, las señales del metro también están en inglés, y no me resulta difícil llegar.

 

El tren que me lleva hacia Yeosu es especialmente espacioso, aunque no llega a ser cómodo. Los de alta velocidad no van a la ciudad que alberga la Expo de este año. Es un viaje de unas 5 horas, pero no me parece que nadie esté haciendo el recorrido completo. Voy observando que la gente sube y baja, sin pasar ni una hora en el tren. Pero voy tan dormido que en realidad apenas me entero de qué pasa a mi alrededor.

 

La mujer que va ahora a mi lado me despierta golpeándome cuidadosamente en la pierna para pedirme que le dejara bajar en esa estación. Tendrá unos 60 años, y es la tercera persona que abandona el asiento de mi lado en las 2 horas que llevamos de viaje. Se va y sigo durmiendo unos minutos hasta que recibo otro golpecito de otra mujer, ligeramente más joven que la anterior, pidiéndome pasar al asiento. Me recoloco en la dura poltrona y veo de repente que en el asiento de mi lado hay uno de esos telefonazos enormes, de color amarillo chillón. Lo levanto, sin saber muy bien qué hacer, y poniendo cara de bonobo se lo muestro a la recién llegada. Con un inapreciable gesto de muñeca intento que entienda que le estoy diciendo que no es mío, y que si no es suyo debe de ser de la mujer que había en ese sitio antes. Parece comprender al instante y me arrebata el aparato (telefónico), comenzando a tocar la pantalla con una habilidad prodigiosa digna de una adolescente y empieza a hablar con alguien al otro lado de la línea. Sale corriendo hacia la puerta del vagón y la pierdo de vista tras el mamparo. No sé si ha bajado la andén, cuando oigo cerrarse las puertas del tren, que empieza a moverse. La mujer reaparece en el vagón con una sonrisa que a mí me parece de triunfo en un primer momento, pero que en realidad creo que era la misma que tenía cuando llegó. Se baja en la siguiente estación, y esta vez no hay sustituta. Y sigue lloviendo detrás de los cristales.

 

Humanos 1 – Bonobos 0.

Abu Dhabi. De arena y fuego.

Imagen

Salgo del aeropuerto internacional de Abu Dhabi, a las 7:30 de la mañana, después de un viaje de 7 horas sin haber dormido, y con otras 15 horas por delante para recorrer la ciudad hasta mi próximo vuelo. Al abrirse las puertas de la calle siento el primer golpe de calor, pero para éste sí estaba prevenido, así que me recupero en un par de segundos y continúo hacia lo que parecen paradas de autobuses. Me subo a uno, al azar, con la esperanza de que me lleve al centro de la ciudad. Casi. Después de más de una llegamos a la última parada, me deja a unos 4 ó 5 kilómetros de lo que se considera la zona turística de Abu Dhabi. Aunque para averiguar dónde estoy he tenido que entrar en un centro comercial y esperar a que abran las tiendas para hacerme con un plano de la ciudad.

Siguiendo el plano, comienzo a caminar hacia la ‘Corniche‘, o lo que debe de ser un paseo marítimo a orillas del golfo Pérsico, y que por lo que recuerdo haber leído es lo mejor de la ciudad.

Apenas hay aceras y tengo que ir esquivando los coches en los aparcamientos o avanzando por el borde de la calle, una autopista de 5 carriles en cada sentido. No se ve a nadie por las calles, aparte de obreros, casi todos inmigrantes llegados de China, India, Bangladesh y otras zonas de Asia, y que conforman el 80% de la población total de los Emiratos Árabes Unidos, trabajando en las ubicuas construcciones (a pesar de ser domingo), y de algún que otro hombre que corre como si huyera del mismo Sol. Sólo veo asfalto, arena y yo. Sin agua. Se me olvidó rellenar la botella antes de dejar el centro comercial.

Son las once de la mañana. El Sol me mira en vertical.

Cómo es posible que con tantos edificios tan inmensos no haya más sombras que las que ofrecen fugaces las aves al sobrevolarme, como si me advirtieran de algo.

El calor que se siente (estamos a más de 40ºC), no sólo en la brisa, sino también subiendo desde el suelo, me hace imaginar el petróleo ardiendo en las entrañas de la ciudad.

Al fin encuentro algo interesante. Es un mercado de cabras y obejas del que, después de un minuto curioseando por él, amablemente me invitan a salir entre varios de los vendedores, mientras el resto me observa con cierta desconfianza (aunque no parecen hostiles, está claro que por algún motivo mi presencia ahí les incomoda), indicándome que puedo ir a visitar el mercado de animales que hay enfrente. Resulta no ser más que una manzana de casas bajas donde se venden pájaros de diversa clase y otras mascotas comunes, o al menos eso es lo que tienen a la vista. Al lado hay otra manzana en la que un buen número de hombres, sentados en sillones viejos o en el suelo bajo los soportales, ofrecen sus alfombras de Afganistán, Irán o Pakistán. Compro una botellita de un líquido azul azucarado y algo de comer y pregunto por el mercado de pescado. Al fin y al cabo es a lo que he venido hasta este barrio. Según el mapa debe de estar a unos 3 minutos, pero ni siquiera se ve el mar al otro lado de la calle-autopista.

Me cuesta caminar, incluso respirar; voy buscando los cobijos milimétricos que ofrecen los coches todo-terreno, que son mayoría, aparcados en este desierto artificial envuelto en arena y fuego, sin poder levantar la cabeza. Y si la levanto, siento un vértigo que hace que mi paso se tambalee y dudo de si seré capaz de alcanzar la siguiente sombra, allá a lo lejos, a unos cien metros, que bien podrían ser cien kilómetros; la fina arena que levanta el viento hace imposible ver con nitidez más allá de un par de cientos de metros.

Me encuentro de repente en el mercado de frutas y decido comprar algo jugoso, y de paso pregunto al tendero si tiene agua. Me dice que si para beber o para lavar la fruta y respondo que necesito beber (ese zumo de petróleo que compré lo acabé en unos segundos, no sin echarme antes algo por la nuca, asustado de que me pudiera desmallar de un momento a otro). Me ofrece un botella de agua muy fría ya empezada, de la que doy unos cuantos tragos cortos. Se lo agradezco, pago las nectarinas, y me giro para marcharme, cuando el tendero me dice que me lleve lo que queda de agua. La cojo y me voy.

Camino en las cercanías del mercado de fruta de forma algo errática hasta que me parece ver un barco de madera no muy lejos (de nuevo, unos cien metros), sobre el suelo. Me acerco y al fin localizo el mercado de pescado. Al entrar me sorprende la sensación de limpieza que transmite. Sin agobios, se me acerca algún que otro vendedor interesado en venderme algún pescado, y en saber de dónde he salido, aunque no dejan de mirar de reojo la cámara que cuelga de mi cuello. Son amables pero decido no tomar fotos.

En el mercado compro otra botella de agua y me siento a descansar, aprovechando el aire acondicionado, mientras me como alguna nectarina. Muy ácida, pero tengo que comérmelas.

Después de un buen rato de recuperar el aliento y perder temperatura corporal, me aventuro de nuevo al exterior, en busca del paseo marítimo. Y luego, ya veremos adónde.

No me cuesta mucho encontrar el paseo, pero no hay ni un alma ni, por supuesto, una sombra bajo la que pasear. Estoy flanqueado, a un lado, por el mar, somero, de un color turquesa opaco, como turbio, que me hace dudar de que sea su color natural, y al otro por una de esas calles-autopista que me separa de más edificios nuevos o en construcción, pero que parecen abandonados antes incluso de haber sido inaugurados (la crisis del ladrillo ha afectado también a este país, cuando más volcado estaba en levantar rascacielos de récord). Así es la sensación de desolación que transmite esta ciudad sin vida.

No puedo más. No hay nada más en esta ciudad. Tal vez la gente vaya apareciendo a medida que se esconde el sol, si es que se esconde, pero en cualquier caso yo no podré aguantar tanto tiempo, así que decido buscar un taxi y pasar el resto de horas que me quedan en el aeropuerto, un lugar común, terreno neutral.

Pero no es tan fácil parar a un taxi. Muchos ya van llenos, pero otros no y empiezo a pensar en racismo, hasta que mi capacidad para pensar se me mermada por mi necesidad irrefrenable de mear. Busco un bar, un hotel, un centro comercial, una tienda, una señal de vida que me oriente a lo largo del paseo. Agazapado bajo un arbusto, junto a una bicicleta del servicio municipal de limpieza, encuentro a un hombre joven que consigue explicarme en inglés que vaya al otro lado de la calle y siga la señal. No sé muy bien a qué señal se refiere, pero consigo cruzar, y finalmente encuentro un aseo público que funciona con 2 monedas. Busco en mi monedero entre temblores y afortunadamente tengo los 2 dirhams. Pero no se abre. Estoy tan desesperado que me doy media vuelta y empiezo a correr con pasitos cortos hacia unos arbustos que hay junto al muro de uno de los edificios fantasma. Comienzo la descarga, eso sí, con miedo a ser descubierto por lo que la ley pueda decir con respecto a mi acto en este país donde crimen y pecado se confunden, donde la embriaguez es motivo de deportación, e incluso llevar bebidas alcohólicas es delito, o donde la homosexualidad te puede dejar hasta 5 años en la cárcel (lo de hasta 5 supongo que se aplica en casos severos de tijeritas o de fistfucking, y si seguimos la rima…). Siento tanto alivio que pienso que si acabo en la cárcel por eso habrá merecido la pena. Pero nadie me ha visto. Quién me va a ver. Vuelvo a cruzar la calle. El hombre de la bicicleta ya no está.

Hago un nuevo intento de parar un taxi. Y ahora sí lo consigo. Me voy a un lugar seguro.

 

Ya me siento preparado para ir al infierno, y coger el avión dentro de 9 horas me parecerá como subir al cielo.