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Estambul o De mi pasión turca.

 

El lunes volví a llorar, pero sin tristeza, a orillas del Mármara. Fueron lágrimas de las que derramo cuando una imagen inabarcable me inunda el pecho, como si el paisaje me abrazara. Lágrimas tan cálidas que, cuando abandonan la pupila, van ya evaporadas.

 

Con su mezcla, casi perfecta, de caos y belleza (no serían el uno sin la otra, y viceversa, más que paraísos desiertos) esta ciudad me ha permitido volver a sentirme vivo.

 

En el tranvía, miraba las caras de la gente y se veían en paz. No detectaba miradas que me parecieran carentes de amabilidad. Teorizo que la unión entre Kabataş y Üsküdar, ese brazo marino, ha hecho que este pueblo aprendiera a respirar armonía durante milenios.

 

No puedo recordar ahora ninguna otra ciudad en la que me puedan conmover rostros sosegados, las mezquitas, el mar y las mujeres, todo a la misma vez.

 

Aunque tengo miedo de que, en regresando a mi agujero de luz azul, la languidez vuelva a colgarse de mis hombros, al menos ahora podré estar seguro de que siempre existirán lugares en los que recuperar el aliento.

 

Me he vuelto con un abrazo en la mochila y sé que, cuando lo necesite, será mi comodín.

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Barcelona-Girona-París-Brest-Plougonvelin-Brest-Paris-Girona-Barcelona

Si sales del metro de París, llegando desde cualquier otro punto del mundo, directamente en la Place de la Concorde, te acojonas. Aunque sólo salgas a pasear un rato antes de largarte a otro país.
París es tan monumental que, tan cosmolita como me presumo, me hace sentir diminuto en sus calles, sin saber por dónde abordar sus aceras, sus paseos ni sus jardines, por no hablar de los edificios.
Me cuesta imaginar que todo el entorno de les Tulleries pueda estar realmente habitado, pues no me da la sensación de que sea una ciudad que se deje dominar. Simplemente podría permitir que la visiten, y con magnánima benevolencia.
La excepción, claro, son las casas flotantes del Sena. Ajenas a los caminantes y turistas pero llenas de vida (a veces propia). Aunque algunas sean un verdadero ejemplo de esnobismo parisino.
Hasta en sus palomas, torcaces, es esnob esta ciudad.
La Bretaña ahora se me antoja  más campechana, pero orgullosa y bella, que hace unas horas.

Y más agua

Recién llegado del lugar donde el mar se desborda. De donde no hay agua, pero sí hay agua.
Podría dar mi opinión acerca del transvase, pero esta vez no voy a hablar. No conozco demasiado el asunto, y estoy muy cansado de todo como para reflexionar sobe él. 

“Sólo seremos libres cuando no haya nada más que perder” Vetusta Morla

Porque es cierto que cada día me siento más nihilista.