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Volvieron a zarpar

El vino es bueno. Te doy de nuevo las gracias por haberlo traído desde tan lejos. Lo bebemos sin pensar, sin pausar. Llega ese momento, tú ya bien lo conoces, en que empiezo a buscar entre mis libros de poesía y me pongo a recitar en voz alta. No importa si lo hago bien o no, que tú siempre respondes con una mirada de aprobación, incluso de emoción. Seguimos bebiendo y hablando. A veces reímos hasta desmontar el esternón, otras con sonrisas más bien tímidas y cómplices. Otras veces, simplemente, reímos por ver quién hace más ruido. Y yo observo tu felicidad.

Cuando abro la tercera botella, con las puntas de los dedos de color púrpura, me miras y me dices que me has echado de menos últimamente, que deberíamos vernos más a menudo y que no vuelva a irme a vivir tan lejos. Yo me río. La risa es la máscara de la cobardía. Nunca te he dicho eso, aunque creo que tú también lo piensas. Cambias el gesto, miras hacia mis libros, y me pides que lea alguna cosa más. Elijo Ángel González; me gusta desde hace pocos años. Tal vez sea por mis recientes viajes al Cantábrico. Lúbrica polinesia de lunares en la pulida mar de tu cadera. Me detengo de repente, a mitad del poema, con gesto cetrino, casi flébil, y sueltas una carcajada. No sé si me gusta cuando haces eso, pero tienes razón. Le doy mucho trabajo a la nostalgia. Pero has empezado tú.

Te acercas para posar tus manos de cíclope sobre mis hombros. Brindamos de nuevo, con gracia, pero no por nuestra felicidad o nuestro futuro, sino por que les jodan a los demás. Me siento en el suelo, junto a la lámpara, con la botella de vino en una mano, la copa en el otra, y el libro entre los dientes. Tengo que poner la espalda contra la pared para poder sentarme sin derramar el vino. Me llamas ansioso. Nos reímos otra vez. Ven y levántame, te digo. No me oyes. Estás mirando por la ventana. Voy a escribir mi grafía, te digo. Entonces te giras y me dices: tu autobiografía, quieres decir. No, lo mío es más una autogeografía. Voy a hablar más de lugares que de mi vida. Al fin y al cabo los lugares en los que he estado son mi vida. Y volvemos a reír.

Me dices que entonces tengo que escribir sobre aquel pueblecito de pescadores en el que pasé unos meses. Tú viniste a visitarme ese verano. Nos bañamos en la bahía por la noche, durante una tormenta, me recuerdas. Ah, sí, podíamos haber muerto electrocutados por un rayo. Y sueltas, de nuevo, una carcajada.

No me echan, me voy.

Los días se hacen cada vez más largos. Demasiado largos. Por eso, supongo, que me voy ahora más hacia el sur; casi en línea recta hasta no poder bajar más. Allí los días, dicen, pasan más rápido. Pero creo que es sólo la sensación relativa de gente que se mueve más despacio.

Sea lo que sea, me voy. Esta vez, posiblemente, para no volver. Dejo atrás un sótano más negro que mi reputación, que no sé si es mucho decir. Pero a cambio, yo sí que volveré a ser joven, querido Jaime.

Después de una noche en vela, en una habitación tan excesivamente familiar que hasta el olor se me hacía espeso, y rodeado de todos los objetos y recuerdos que han ido componiendo mi vida, desde los primeros años hasta esa misma tarde, me invadió ese sentir, ahsta ahora tan ajeno a mí, de que no siempre se gana más de lo que se pierde.

Me voy, aún no sé a qué precio. Ganaré mucho. Pero por primera vez desde que empecé a vagabundear, dejo “mi casa” con la sensación de estar perdiendo mucho, quizá demasiado.

Y ese miedo, aunque ya disuelto, sigue atenazando a mis piernas.

Por eso creo, o quiero creer, que el mejor lugar al que huir ahora es aquél en el que los movimientos no tengan porqué ser rápidos. Llegaré a un sur que se queda sin sol y sin día, donde podré caminar y dormir despacio. Donde podré, poco a poco, deshacerme del miedo, abrirme un hueco entre las olas, y dejar que venga a mí la habitación que dejo atrás.

Quienes habitáis aún aquella habitación podréis acompañarme desde el primer día, o desde el décimo, por esta ruta: http://spaniardinsouthafrica.blogspot.com.es/

Mientras tanto, seguiré alimentándome de algunos recuerdos y cultivando otros. Al sur del sur.Imagen

21/12/12 Port de la Selva

Mi último regreso al Port de la Selva desde el golfo de León venía acompañado ese día por el respeto de la tramontana y por una mar en calma.

Por la popa, a lo lejos, nos venía persiguiendo un cielo negro con el horizonte fundido en la tormenta; más de cerca, un par de gaviotas cansadas.

Y al frente, esperándonos con altivez, el perfil rocoso más frío y castigado del cap de Creus, el del Norte, enmarcado por las luces del pueblo en la bahía y, sobre las rocas, un techo teñido de púrpura que cubría sin vergüenza ya el último sol del otoño.

Se quedarán los recuerdos flotando en la superficie, y serán arrojados contra los acantilados en los días ventosos, formando con la espuma siluetas de marineros y de peces, que permanecerán ahí hasta que vuelva, ya más viejo, a este lugar. Mi lugar en un mundo.

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Discurso preparado para el 10 de diciembre de 2012.

“Son precisamente esta clase de momentos los que suelo aprovechar para hacer gala de mi exquisito sentido del humor. Pero soy consciente de que muchas veces no es fácil entender mi fina ironía- prueba evidente de ello es que cada vez que digo esto, siempre hay alguien que salta con un “no es que no se entienda, es que no tienes gracia”-. Y como no quiero que haya lugar a discusiones en un día como hoy, en el que todo el mundo tiene la obligación de fingir su alegría por mí, sólo diré unas palabras serias, profundas y sentidas, pero aburridas…”

 

Y entonces no dije nada.

El nómada y el mar

En los ultimos 9 años he tenido 14 ‘hogares’ distintos, incluyendo un velero y un coche, y repitiendo en algunos de ellos. En todos he aprendido y he dejado algo a la vez, pero el actual, como ente físico, como punto geográfico, es, posiblemente, el que más me ha llenado.

Son muy pocos los objetos que me han acompañado durante todo este tiempo, y juntos cabrían en la palma de mi mano, pero casi siempre, eso sí, he estado envuelto en salitre.

En pocos meses, sin embargo, dejaré también atrás este lugar. Las estrellas señalan ahora hacia el sur, pero la luna… la luna mira a otro lado.

n.a.: en el coche sólo pasé unos días. Supongo que si en algún momento llegara a escribir una autobiografía la titularía “Licencias poéticas para una vida breve”.

Estambul o De mi pasión turca.

 

El lunes volví a llorar, pero sin tristeza, a orillas del Mármara. Fueron lágrimas de las que derramo cuando una imagen inabarcable me inunda el pecho, como si el paisaje me abrazara. Lágrimas tan cálidas que, cuando abandonan la pupila, van ya evaporadas.

 

Con su mezcla, casi perfecta, de caos y belleza (no serían el uno sin la otra, y viceversa, más que paraísos desiertos) esta ciudad me ha permitido volver a sentirme vivo.

 

En el tranvía, miraba las caras de la gente y se veían en paz. No detectaba miradas que me parecieran carentes de amabilidad. Teorizo que la unión entre Kabataş y Üsküdar, ese brazo marino, ha hecho que este pueblo aprendiera a respirar armonía durante milenios.

 

No puedo recordar ahora ninguna otra ciudad en la que me puedan conmover rostros sosegados, las mezquitas, el mar y las mujeres, todo a la misma vez.

 

Aunque tengo miedo de que, en regresando a mi agujero de luz azul, la languidez vuelva a colgarse de mis hombros, al menos ahora podré estar seguro de que siempre existirán lugares en los que recuperar el aliento.

 

Me he vuelto con un abrazo en la mochila y sé que, cuando lo necesite, será mi comodín.

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Redes azules en las que hundirse, o no.

Ayer una flecha me hizo recordar una frase que dejé suelta hace unos años en un cuadernito ajado, y que decía algo acerca de quién, de cómo, borraría del espacio virtual a alguien que ha desaparecido para siempre del espacio gravitacional. Lo escribía pensando precisamente en esa red azul, intangible más allá de la pantalla del ordenador, que a tantas nos atrapa, a veces parece incluso que en contra de nuestra voluntad.

Y ayer fue la otra red azul, la real, la que se toca, se huele, se saborea, se siente sobre la piel, la que atrapó a Àlex, contra su voluntad; él, además, la respiró.

Sin haber hablado nunca contigo, Àlex, pero habiendo hablado tanto de ti, el dolor que me produjo la flecha (a mí, que soy invisible a las flechas) fue intenso. Y más aún sabiendo lo que te han apreciado tantas personas a quien tanto aprecio. Aprecio indirecto, ya ves, que se hunde en el mar.

Ayer me emocioné leyendo cómo te había atrapado la red azul, pero también leyendo cómo la otra red azul te mantiene aquí. Ahora ya no me pregunto quién y cómo nos borrará de esa red virtual cuando muramos; ahora no encuentro tanto sentido a hacerla desaparecer. Sirve para el recuerdo de la buena gente. Si pudieras echar un último vistazo a tu ‘muro’, y comprobar cómo tus amigos y amigas siguen hablándote en presente, cómo te han querido, y te quieren, te quedarías. Cuesta creer lo que ha ocurrido, y mirando tu ‘muro’ es como si se te esperara de vuelta en algún momento. Ahí quedará, por siempre, un homenaje a alguien bueno.

No es cierto que sólo se vayan los buenos. Es que sólo los buenos dejan un hueco.