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Saldrán las naves.

Mirada perdida,

la voz en el aire,

tiemblan las manos

bajo un pulso acelerado.

 

Sonrisa tullida

que ya no espera que nadie

recoja los húmedos granos

de su abismo doblado.

 

Si existieran palabras para decir algo nuevo en tu idioma secreto

me las guardaría en un bolsillito junto al pecho.

Pero ahora sólo queda que en el océano bailemos desnudos,

y alejar de nuestras raíces los engorrosos nudos.

 

Tu cara golosa

me dijo aquel día

que siendo tan niña

no podías volar.

 

Tu carne jugosa,

sabor de ambrosía,

de fruto de viña,

no me quiere soltar.

 

Cubierta de barcos está la bahía que empapó tu boca.

Navegan hacia ti, buscan los vientos, las corrientes; alguno te toca.

Aprendo ahora a dibujarte a oscuras, a escuchar tus silencios, a bañarme sin olas.

Buscamos lo mismo que llevan los barcos. Tú en tu olvido, yo en mi roca.

 

 

 

Tú, con miedo a no saber nombrar lo que no existe.

Yo, con miedo al tiempo que corre en mi contra. Tendré que robar todos los relojes de arena y hacerme una playa en la que esperar(te).

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Estambul o De mi pasión turca.

 

El lunes volví a llorar, pero sin tristeza, a orillas del Mármara. Fueron lágrimas de las que derramo cuando una imagen inabarcable me inunda el pecho, como si el paisaje me abrazara. Lágrimas tan cálidas que, cuando abandonan la pupila, van ya evaporadas.

 

Con su mezcla, casi perfecta, de caos y belleza (no serían el uno sin la otra, y viceversa, más que paraísos desiertos) esta ciudad me ha permitido volver a sentirme vivo.

 

En el tranvía, miraba las caras de la gente y se veían en paz. No detectaba miradas que me parecieran carentes de amabilidad. Teorizo que la unión entre Kabataş y Üsküdar, ese brazo marino, ha hecho que este pueblo aprendiera a respirar armonía durante milenios.

 

No puedo recordar ahora ninguna otra ciudad en la que me puedan conmover rostros sosegados, las mezquitas, el mar y las mujeres, todo a la misma vez.

 

Aunque tengo miedo de que, en regresando a mi agujero de luz azul, la languidez vuelva a colgarse de mis hombros, al menos ahora podré estar seguro de que siempre existirán lugares en los que recuperar el aliento.

 

Me he vuelto con un abrazo en la mochila y sé que, cuando lo necesite, será mi comodín.

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Y más agua

Recién llegado del lugar donde el mar se desborda. De donde no hay agua, pero sí hay agua.
Podría dar mi opinión acerca del transvase, pero esta vez no voy a hablar. No conozco demasiado el asunto, y estoy muy cansado de todo como para reflexionar sobe él. 

“Sólo seremos libres cuando no haya nada más que perder” Vetusta Morla

Porque es cierto que cada día me siento más nihilista.