Estambul o De mi pasión turca.

 

El lunes volví a llorar, pero sin tristeza, a orillas del Mármara. Fueron lágrimas de las que derramo cuando una imagen inabarcable me inunda el pecho, como si el paisaje me abrazara. Lágrimas tan cálidas que, cuando abandonan la pupila, van ya evaporadas.

 

Con su mezcla, casi perfecta, de caos y belleza (no serían el uno sin la otra, y viceversa, más que paraísos desiertos) esta ciudad me ha permitido volver a sentirme vivo.

 

En el tranvía, miraba las caras de la gente y se veían en paz. No detectaba miradas que me parecieran carentes de amabilidad. Teorizo que la unión entre Kabataş y Üsküdar, ese brazo marino, ha hecho que este pueblo aprendiera a respirar armonía durante milenios.

 

No puedo recordar ahora ninguna otra ciudad en la que me puedan conmover rostros sosegados, las mezquitas, el mar y las mujeres, todo a la misma vez.

 

Aunque tengo miedo de que, en regresando a mi agujero de luz azul, la languidez vuelva a colgarse de mis hombros, al menos ahora podré estar seguro de que siempre existirán lugares en los que recuperar el aliento.

 

Me he vuelto con un abrazo en la mochila y sé que, cuando lo necesite, será mi comodín.

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3 Respuestas a “Estambul o De mi pasión turca.

  1. tienes que limpiar ese sensor querido amigo…

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