Trigonometría en los zapatos

El viento que me golpea en la cara -y apenas me deja avanzar, aunque es más brisa que vendaval-, me hace pensar, de regreso a casa de madrugada, algo aturdido por una copiosidad lírica, en aquellos lugares visitados y que ya nuncan serán míos (Barcelona, para empezar, como lo fue Santander, y también Cerdeña o Nápoles, o incluso, en parte, Marruecos e India), y me traslada de un soplido a los demás sitios en los que aún me queda alivio.

Es como una señal de que tengo que huir de nuevo, de emprender nuevos caminos o, si acaso, regresar a los ya pisados sólo por mis zapatos.

Pero como estoy ahora, descalzo, viento en contra, enfangado, no veo cercana la escapada. Parece que tengo que esperar a que el viento amaine, se seque el fango, y pueda encontrar unos zapatos de largo alcance.

Y para hacerme más liviana la espera no sé porqué me ha dado por atiborrarme de orgullos grises por un lado, de grises desidias por otro, y de azules grises por otro. Son tres lados cuyos ángulos, sumados, alcanzan apenas los 45º. Raro triángulo que formo de las entrañas hacia fuera, y que me traga, me desaparece, cual polígono atlántico.

El triángulo gris es el más obtuso de todos, que lucha continuamente contra su propia estructura por mantener un equilibrio que le es ajeno.

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